jueves, 28 de enero de 2010

Si puedes hacerlo: ¡hazlo!

Dejé la mochila en la silla, saqué unos libros, que hacía tiempo que venía paseando, y los abandoné sobre la mesa. Mientras me quitaba la campera, vi entrar a mi vieja con un plato de comida.
A todo esto, han pasado algunos años. No recuerdo bien si ese plato era de polenta o de lentejas. Pero eso no importa ahora. Tampoco importó en ese momento. Aunque, hasta el día de hoy, tengo presente el rostro de mi madre en aquel instante en que permanecía de pie al frente mío y en silencio.


¿Cómo olvidar su sonrisa? ¿Cómo olvidarme del cariño que me ofrecía? ¿Cómo olvidar su mirada? Ninguna otra persona volvería a mirarme de esa forma. Ella deseaba que me acercara a darle un beso. Sin embargo, un relámpago duró esa espera. Comprendió que no estaba dispuesto a besarle. Sin mudar la sonrisa de sus labios, dejó el plato de comida sobre la mesa. No le devolví la sonrisa. No le dirigí siquiera una mirada. Antes de que ella me ofreciera eso que supuestamente sería mi cena, le dije que había comido un sándwich, antes de salir para casa. Ha pasado el tiempo… No recuerdo si aquella noche, antes de dormir, me despedí de ella. O si al menos al alejarme murmuré un “Hasta mañana”. No lo recuerdo. Sí me acuerdo, porque aún no lo puedo quitar de la memoria, de su rostro, de sus ojos cansados, que me dijeron: “Hasta mañana”. Párate y Piensa: Algún día, aquella mujer que te trajo al Mundo no estará más a tu lado. De su afecto… sólo quedarán dulces recuerdos. Entonces, cuando no recuerdes si aquel plato era de polenta o de lentejas, recordarás su sonrisa y tu alma se llenará de lágrimas de agradecimiento. ¡Qué triste sería que, en ese momento, quieras darle un beso y no puedas! Pero más lamentable será aún, si ahora que puedes besarla… no lo haces. Autor: Pablo Córdoba